Weezer

Adiós a Kurt Cobain. El fin de una pequeña época. El brit pop estaba aún por florecer y el grunge había muerto. Y mientras Green Day hacía temblar los cimientos de la industria con un disco que aún escandaliza a los puristas del punk, cuatro jóvenes neoyorkinos desafiaban las convenciones sociales con un álbum sin nombre lleno de canciones de pop crudas y guitarreras que cumple veinte años.

Un disco que sorprende desde la primera escucha por sus melodias, tanto rítmicas como vocales. ¿Qué hace grande al primer trabajo de Weezer? Simplemente es pop. Pero una nueva manera de entender el pop que ha marcado a toda una generación de bandas actuales. Y un disco de sólo cuarenta minutos donde no sobran canciones, sin aristas, desde My Name is Jonas hasta Only in Dreams. Uno de los pocos debuts perfectos en la historia del rock (los Beatles tardaron tres álbumes en lograr la perfección, los Beach Boys, ocho).

No hay rastro de las almas torturadas de Nirvana, de los chicos suicidas de Pearl Jam o los asesinatos amorosos de Bush. No hace falta. El debut de Weezer, conocido popularmente como The Blue Album (El álbum azul), es luminoso, alegre, brillante, sin decadencia ni imágenes estrafalarias.

Suena de inicio una guitarra acústica y poca gente puede imaginarse lo que está por venir. Capas de ruido envuelven unas canciones cargadas de guitarras afiladas que sobresalen por encima de una voz que en ningún momento levanta el tono. Buddy Holly es la primera obra maestra, acordes pegadizos y coros en el estribillo que enamoraron a una generación.

Y todavía quedan por venir la languidez de Undone – The Sweater Song, con un final digno de los mejores Pixies y Say It Ain’t So, el single más exitoso del álbum. Un tema que para medios de la talla de Pitchfork y Rolling Stone es una de las diez mejores canciones de los noventa. Una canción que narra en clave de pop envuelto entre aullidos de guitarras grunge el miedo que el cantante tenía de niño a que su padre fuese alcohólico.